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Dónde está el pueblo argentino que quedó casi deshabitado y parece un sueño

Un gran destino argentino para visitar.

Escrito en ACTUALIDAD el

Hay un rincón en Jujuy donde las nubes bajan a descansar sobre la tierra y el tiempo parece haberse detenido hace décadas. Se trata de Alto Calilegua, un pequeño paraje escondido en las alturas, a 3000 metros sobre el nivel del mar, al que no se puede acceder en auto ni en moto: únicamente es posible llegar caminando o a caballo, después de un extenso recorrido de 18 kilómetros que dura cerca de 12 horas.

Para emprender la travesía, el punto de partida es San Francisco, un pueblo que queda a la mitad de la montaña. Desde allí, el sendero serpentea entre la selva de yungas, se abre en praderas y sube hasta tocar un cielo limpio, sin antenas ni cables de luz. Es un camino que exige esfuerzo físico y mental, pero que ofrece paisajes de belleza abrumadora.

Este pequeño pueblo que hoy parece fantasma alguna vez fue un lugar lleno de vida. Tenía escuela, iglesia, sala de salud y un molino comunitario que aún sigue en funcionamiento. Sin embargo, la falta de oportunidades y la migración hacia las ciudades lo fueron despoblando hasta quedar casi vacío. Hoy, solo dos personas lo habitan: Betty y su esposo Tito, quienes decidieron no abandonar su lugar de origen y se dedican a cuidar las pocas casas de adobe que siguen en pie.

Los visitantes que llegan hasta allí son recibidos con pan casero y mate cocido, un gesto de hospitalidad que se valora más que cualquier lujo. No hay electricidad, ni señal de celular, ni comercios. El pueblo se mantiene como un vestigio intacto de otros tiempos, con 25 casas vacías, la escuela cerrada y una iglesia que se mantiene erguida, como símbolo de fe y resistencia.

Alto Calilegua forma parte del Parque Nacional Calilegua, una reserva de más de 76.000 hectáreas que protege la selva de yungas, un ecosistema de gran biodiversidad en el que conviven especies como el yaguareté, el tapir, el oso hormiguero y el cóndor andino. Sus paisajes son tan impresionantes como su silencio: un silencio total, solo interrumpido por el canto de los pájaros y el silbido del viento entre los cerros.

Este destino no está pensado para turistas que buscan comodidad. Es un lugar para quienes se animen a desconectarse de la rutina, para los que quieran caminar sin apuro y ver amaneceres entre la bruma y el canto de los gallos. Es un viaje que obliga a ir lento y a reconectar con la naturaleza y con la historia de un pueblo que resiste, aunque el mundo avance sin esperarlo.