Una primera dama con glamour

JULIANA AWADA, ESPOSA DE MAURICIO MACRI

Una primera dama con glamour

Una primera dama con glamour

Llegó a la vida del entonces jefe de gobierno porteño para cambiársela. Cultora del estilo casual chic, la empresaria de 41 años fue la responsable de la transformación de la imagen de Macri: por ella se afeitó el bigote. Se casaron en noviembre de 2010.

Todos hablan de su belleza, de su elegancia, sus buenos modos y de cómo cambió el estilo del flamante presidente electo de nuestro país, Mauricio Macri, que la llama “mi negrita mágica, única y hechicera”. ¿Pero quién es Juliana Awada, la futura Primera Dama Argentina? Nació un 3 de abril, hace 41 años y es hija de un matrimonio de origen sirio-libanés que levantó un imperio textil en la década del 60 en nuestro país. Creció en una clase media acomodada. Su padre, Abraham Awada, era un inmigrante libanés musulmán oriundo de Baalbek. Su madre, Elsa Esther “Pomy” Baker es hija de inmigrantes sirios, también musulmanes. Es la menor de cinco hermanos: Zoraida (se encarga de la comercialización de la firrma), Daniel (ya no trabaja con la empresa familiar, se abrió y tiene dos marcas: Cheeky, para niños, y Como quieres, para adolescentes), Leila, artista plástica, y Alejandro, actor, con quien Juliana se mantuvo durante un tiempo distanciada por diferencias políticas. La muerte de don Abraham, en 2012, volvió a acercarlos. “A mi hermana la quiero mucho y entiendo su punto de vista. Y se lo respeto. Sólo tenemos ideas de dos Argentinas distintas”, explicó hace poco Alejandro Awada, protagonista de Historia de un clan. En agosto de 2001, la familia atravesó su momento más dramático: Abraham Awada fue secuestrado cuando salía de un club de golf. Lo liberaron cinco días después luego de pagar un abultado rescate (se habló de 300.000 dólares). Durante su infancia y adolescencia, Juliana viajó en varias ocasiones junto a su madre a Europa y los Estados Unidos, especialmente París, Londres y Nueva York, en busca de inspiraciones en las diferentes colecciones de moda. Estudió en un colegio bilingüe de Belgrano, el Chester College, y perfeccionó sus conocimientos de inglés en Oxford.
En Inglaterra también estudió diseño de indumentaria. A su regreso, se metió de lleno en la empresa familiar y le cambió la cara a la marca Awada, ampliando el target de la clientela e introduciendo diseños y texturas modernas y frescas. Hoy tienen trece locales propios y facturan alrededor de dos millones y medio de dólares anuales. A los 23 años, Juliana se casó con Gustavo Capello, de quien  se divorció poco después. Años más tarde se enamoró del conde belga Bruno Laurent Barbier. A pesar de haber vivido juntos durante casi diez años, nunca se casaron, pero tuvieron una hija, Valentina (13). A Mauricio Macri lo conocía del vecindario: el exclusivo Barrio Parque. Durante casi una década, y hasta la noche de su separación del conde belga, vivió en una residencia de la calle Ombú, casi enfrente de la casa de Franco Macri, y al lado de la de la primera esposa de Mauricio, Yvonne Bordeu, madre de los tres hijos mayores del presidente electo: Agustina (32, cineasta), Jimena (28, artista plástica) y Francisco (25). Otro punto de encuentro entre Juliana y Mauricio fue en los green de distintos clubes de golf debido a que Daniel Awada solía jugar con Macri. Y también se veían en los veranos de Punta del Este y hasta tenían amigos en común. Pero su relación se estrechó en el Ocampo Wellness Club, el gimnasio en el que ambos entrenaban. “No es que yo lo vi a Mauricio y me enamoré la primera vez. Pero cuando empezamos a salir, inmediatamente sentí que era el amor de mi vida”, contó Juliana. Sin embargo, Mauricio primero tuvo que sortear algunas pruebas, como por ejemplo el visto bueno de su suegra, Pomy, que apenas tuvo una oportunidad lo intimidó: “No te hagas el vivo con mi hija porque te corto los h...”. Juliana ríe cuando recuerda esa anécdota: “Mauricio tiene una figura importante en su papá, y yo en mi mamá”, justifica. La relación se inició en 2009 y contrajeron matrimonio el 16 de noviembre de 2010. Un año después, fruto de ese amor, nació Antonia. Otra de las características de Juliana, dicen quienes la conocen de cerca, es intentar mantener las relaciones sociales más allá de las diferencias políticas. Por ejemplo, cuando Macri y Francisco De Narváez cruzaban públicas acusaciones personales, bastaba con que Juliana acordara con su íntima amiga Agustina Ayllón, esposa de De Narváez, para que los cuatro se sentaran a cenar. “Yo soy cero pelea”, se jacta. De hecho, conserva las amistades de toda la vida, que la acompañan en las buenas y en las malas. A pesar de su poder de persuasión, asegura que la función pública no la atrae. Y aunque participa de eventos solidarios del PRO, insiste en que la política no le interesa.
“Sólo como ciudadana”, explica. Juliana es desde siempre una cultora de la vida sana. Capitana del equipo de atletismo de su colegio secundario, actualmente juega al golf (tiene más hándicap que Mauricio), monta muy bien a caballo y practica natación. Fue la que le sugirió a su esposo que cambiara su imagen: se lo vería más guapo y más confiable sin el bigote. Macri, por entonces jefe de gobierno porteño con intenciones de catapultarse a la Rosada, se lo afeitó sin dudar. Gracias a su esposa, también practica meditación, todas las mañanas. Ella no tiene reparos en contar que Antonia duerme en la cama matrimonial, en el medio de Mauricio y ella. “Siempre busco darles mucho afecto a mis hijas. El amor y la educación son los tesoros más grandes que puedo entregarles. Mi mamá trabajó y sigue trabajando muchísimo y, aunque siempre está cuando la necesito, yo no pude disfrutar de ella como Valentina lo hace conmigo ahora. Llevo a Valen al colegio, acá, allá, a sus clases de tenis... Estoy con ella todo el tiempo que puedo. Y con Antonia hago lo mismo. Tener un hijo es un acontecimiento único, y ser madre es lo más lindo que le puede pasar a una mujer. Mis hijas son muy buenas. Si bien yo fui mamá por primera vez a los 28, siempre fui muy relajada y nada me da más placer que dedicarme a mis hijas. La tarea de ser mamá es algo maravilloso. Lo único que puedo hacer es agradecer por todo lo lindo que me tocó y me toca vivir: el casamiento, haber sido madre nuevamente, tener amor, que las personas que quiero estén sanos y bien... No tengo nada más que pedir”, dijo hace poco Juliana en una entrevista. Se emociona cuando habla de los suyos: “Me encanta trabajar, pero también acompañar a mi marido. Mi prioridad siempre va a ser mi familia, así que voy a tener que repartirme. Más allá de mi matrimonio con Mauricio, trato de seguir siendo la misma. Mi vida cambió porque tengo más exposición pública, pero en el día a día hago las cosas que hacía antes de casarme: voy al supermercado, camino tranquila por la calle. La humildad es una de las cosas que más se transmite, y es lo que le llega a la gente”. Alguna vez, su marido dijo que era imposible discutir con ella, y que lo conoce tanto que sabe qué le pasa apenas él entra en la casa.
Si hay alguna tensión o malhumor, ella lo desarma en el acto, cuenta Mauricio. Intimos de la pareja aseguran que en cinco años de relación jamás se pelearon. Juliana confía en que su gran virtud es mantenerse siempre positiva y no tiene asignaturas pendientes. “Vivo la vida a pleno y trato de pensar qué es lo que conseguí y no lo que me falta hacer”, reflexiona esta mujer que fue el gran apoyo emocional de Mauricio durante la larguísima campaña presidencial. Alguien le preguntó cómo se imaginaba como Primera Dama. “Mi proyecto con Mauricio es de amor, pero voy a ocupar mi rol con mucha responsabilidad y humildad”, respondió. Cuando alguien mira a Juliana Awada, lo primero que resalta es su elegancia. ¿Qué elige a la hora de vestirse? “Cuanto más simple mejor. No me gusta la ropa apretujada, que te marca mucho todo. Priorizo siempre estar cómoda. Por supuesto que me gusta la ropa que tiene buena calidad, o buena caída o buenos géneros. Y algo importante es que yo me visto para mí. Si le gusta al otro o no le gusta, no me importa. Y además, prefiero pecar de estar más abajo que más arriba. Me ha pasado de ir a lugares donde estaban todos muy vestidos. Hace poco tuvimos un cumpleaños. Era una fiesta y yo había llegado con jeans y una camisa. Me equivoqué, pero no me importa. Prefiero estar de menos que de más. No tengo ropa de colores muy estridentes. Si ahora abrís mi placard, vas a decir esta chica es un aburrimiento. Soy como es mi casa: monocromática.
Me gusta mucho el blanco, los beige, el camel, el gris, el negro, el azul marino; más bien, los colores neutros. Y lo que más me gusta de la moda son los zapatos
y las carteras”. Así es su estilo: elegante pero sobrio, sofi sticado pero canchero, discreto pero sensual. Así es la futura Primera Dama de los argentinos.

Una primera dama con glamour