17 de agosto: San Jacinto, el santo de los milagros

EFEMÉRIDE

17 de agosto: San Jacinto, el santo de los milagros

17 de agosto: San Jacinto, el santo de los milagros
En Roma conoció a santo Domingo y entró en la Orden de Predicadores con la tarea de evangelizar Polonia y todo el Este. Trabajó por la unión de las Iglesias de Oriente y Occidente hasta Kiev. Fue canonizado en 1594.  

San Jacinto era hijo de los condes de Konskie. Nació en el castillo de Lanka, fortaleza que domina la villa polaca de Gross-Stein, a fines del siglo XII, en el seno de una familia polaca y pasó su infancia entre los esplendores de la vida cortesana.

Educado bajo la fe cristiana, comienza sus estudios de teatro, arte, derecho y teología en los grandes centros culturales de esa época que eran Praga, Bolonia y París. A su regreso a Polonia, se entrega a la carrera eclesiástica, siendo nombrado canónigo de Cracovia por su tío que era obispo, y luego obispo de aquella diócesis.

En 1220, cuando ya era sacerdote, acompañó a su tío a Roma, de donde regresó siendo fraile de la incipiente Orden de Santo Domingo. San Jacinto es considerado patrono nacional de Polonia. Su vida está envuelta en numerosos milagros. Su existencia terrena es una cadena ininterrumpida de hechos maravillosos. Son numerosos los hechos milagrosos. En la oportunidad de su viaje a Roma, se produjo la resurrección del joven sobrino del cardenal Esteban, realizada por Domingo de Guzmán.

El hecho se va conociendo por toda la ciudad y conmueve profundamente al joven canónigo, que desde aquel momento se une a la naciente Orden de Predicadores, la cual, bajo la dirección de Santo Domingo, se dedicaba a alabar a Dios y predicar la verdad cristiana. Prédicas y milagros Después de unos meses de formación al lado del santo fundador de los dominicos, que le transmitió su espíritu y sus deseos, Jacinto vuelve a Polonia para predicar y fundar nuevos conventos.

san jacinto

El camino lo hace a pie junto con otros compañeros y va esparciendo la buena semilla por todos los poblados por donde pasa. Sus palabras convierten, y sus milagros confirman el favor de Dios sobre él. Como la gente no quiere dejar que se marchen, suele quedarse alguno del grupo que va formando nuevos conventos. Los restantes prosiguen su camino, y de esta forma sólo Jacinto llega a Cracovia, donde por su fama de taumaturgo, es recibido solemnemente.

Funda allí un hermoso convento que será la cuna de los predicadores del Norte de Europa, y predica la palabra de Dios, que renueva la faz de aquella diócesis, haciendo revivir el espíritu de amor. Sin embargo, esto no es suficiente para Jacinto, que no conoce fronteras para su devoción de evangelizador. Luego se dirige a predicar a Prusia, y de allí pasa a Rusia llegando hasta Kiev. La fe en Dios le abre camino en aquel pueblo evangelizado antes por misioneros, cuando milagrosamente le devolvió la vista a la hija del príncipe Wladimiro, que era ciega de nacimiento.

Es también en Kiev, donde al invadir los tártaros la ciudad, Jacinto se lleva en su huida al Santísimo Sacramento, para que no sea profanado en saqueo. Emotivos testimonios Según cuenta la tradición religiosa, antes de salir del templo, la imagen de la Virgen se queja de que la deje abandonada. El humilde fraile se excusa, porque no puede con un peso tan grande, pero ante el requerimiento de la Madre, la toma de la mano y huye atravesando a pie el caudaloso río, seguido de sus frailes. No son estos los únicos prodigios realizados por San Jacinto durante los años de su trabajo apostólico, luego de casi un siglo de serias investigaciones en Polonia, se conocieron testimonios que contaban cómo resucitó al hijo de una viuda, ahogado en el río, luego de 24 horas.

También produjo un milagro cuando un joven que había gastado todos sus recursos para conseguir la salud a su madre paralítica y, sin haberlo conseguido, acude a la intercesión del santo, y obtiene la deseada curación. Fueron tantos los milagros que produjo que San Jacinto fue llamado el más grande taumaturgo de su siglo. Después de casi cuarenta años de trabajos apostólicos acompañados de milagros, en Cracovia, Dios quiso que el primer convento de su patria fuese también el último que viera. Murió allí, el 17 de agosto de 1257, en la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, a quien tanto había amado. Murió al amanecer, antes de celebrar la misa. Dejó en Polonia 30 conventos con cerca de 400 frailes y media Europa sembrada de nuevas fundaciones.

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