ENTREVISTA CON DARIO SZTAJNSZRAJBER

"Me encanta ser un instrumento para que la filosofía llegue a tantos lados"

"Me encanta ser un instrumento para que la filosofía llegue a tantos lados"
El filósofo, docente y divulgador que convoca multitudes a sus charlas y conferencias habló con Pronto sobre muchos temas: el amor, el feminismo, el poder, la grieta, la educación y Dios 

La filosofía no se hace preguntas para encontrar respuestas, sino que se hace preguntas para cuestionar las respuestas establecidas”. Tal vez este concepto de Darío Sztajnszrajber resuma mejor que ningún otro el abordaje con el que este licenciado en filosofía, docente, escritor, divulgador de 51 años, padre de tres hijos (María de 21, León de 13 y Teo de 8), encara los temas que toca en sus libros, en sus charlas, en sus programas de televisión y de radio. En tiempos donde la hegemonía cultural privilegia lo productivo y donde la filosofía es desplazada de las escuelas que anteponen saberes presuntamente más redituables a futuro, Darío lleva vendidos 100 mil ejemplares de un libro como Filosofía en 11 frases, hace poco lanzó Filosofía a martillazos, a sus espectáculos Desencajados y Salir de la caverna suelen asistir por función un promedio de 1.000 espectadores, brinda charlas públicas -suelen ser en plazas- a las que convoca alrededor de 3 mil personas y dicta cursos siempre a sala llena. Allí, con su oratoria cautivante y elocuente, logrará erotizar a su auditorio deconstruyendo temas como el Amor, Dios, el Poder, la Muerte, la Posverdad, la Identidad, el Feminismo y tantos otros. Siempre apelando al pensamiento de los filósofos que lo marcaron, entre los que acaso Platón, Nietzsche y Derrida tengan un lugar preferencial. Una pasión cuyo origen -al revés que la vida- Darío tiene muy clara. “La pasión filosófica a mi me sobrevino en la escuela primaria porque estudié en un colegio religioso, duro, ortodoxo. Era tanta la insistencia en el relato bíblico, en la normativa dogmática, que generó la necesidad de un corrimiento. Siempre me peleé con todas esas bajadas de línea, pero paradójicamente la escuela religiosa era un espacio donde se presentaban los problemas que después descubrí que trabajaba en la filosofía. Era muy recurrente la presencia de Dios, de lo milagroso, la pregunta por el más allá. De algún modo, el formato que después da origen a mi vocación filosófica lo encuentro en ese colegio que buscaba todo lo contrario. Una de las tantas ambiguedades y contradicciones de lo que somos: haber encontrado la pasión por la apertura en el lugar donde más te buscaban cerrar.

-¿Tuviste que despojarte de esa impronta religiosa para tu camino en la filosofía?

-Yo creo que nadie se despoja definitivamente de nada. Hay un texto de Nietzsche, en el Zarathustra, donde cuenta la historia del Papa que se jubiló porque Dios murió, está encorvado mirando para abajo. El Zarathustra le pregunta qué está haciendo y el Papa le dice: “Ya sé que Dios murió pero no puedo dejar de buscar un centro”. Hay como dispositivos, formatos o lógicas que quedan después impregnadas. No será ya Dios, pero buscaremos otras idolatrías: Messi, el dinero, el amor…

-¿Son esos los centros que predominan hoy?

-Yo creo que la gran tarea emancipatoria es descentrarnos, que ningún centro nos apoltrone y nos hegemonice. Pero vivimos en una sociedad que se precia de ser secular y, sin embargo, sigue todavía muy seteada en formatos religiosos. Lo que cambian son los nombres, la lógica es la misma. La relación que tenemos con el fútbol, con la patria, con el amor son muy religiosas. Al amor lo seguimos dotando como de una especie de fuerza metafísica que nos lleva puestos.

-Más de una vez contaste la anécdota que cuando te decidiste a estudiar filosofía, tu mamá dijo “por qué no me tocó un hijo normal”. Nunca dijiste qué opinó tu papá.

-Siempre cuento ese relato -un poco exagerado- para poder explicar el lugar inusual y extraño que ocupa hoy la filosofía. Obviamente a ambos les generó un impacto, más en la Argentina democrática de mediados de los 80, donde todavía estaba la idea que estudiar en la Facultad de Filosofía era ir a un ámbito donde había o terroristas o drogadictos. Estaban impactados por ese prejuicio que al día de hoy sigue vigente: que una carrera humanística supone la imposibilidad de conseguir un trabajo. Es esa falsa dicotomía que hay entre vocación y profesión. Pero ambos reaccionaron igual.

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-¿Y hoy que dicen frente al lugar que ocupás?

-Felices porque salgo en televisión... (sonríe). Durante años les dije que tenían que venir a una clase, más allá de que habían visto los programas de Canal Encuentro. Un día vinieron y mi papá, que es una persona no muy vinculada con el mundo de la filosofía y las humanidades, estuvo sentado las dos horas en primera fila con los ojos abiertos. Es lo que me pasa en general cuando una persona que nunca escuchó nada de filosofía, tiene su primer encuentro. Es esa sensación de extrañamiento, de resquebrajamiento de los lugares usuales. La filosofía es apertura, una apertura desmedida.

-¿Cómo explicás el fenómeno que provocás en tiempos donde la filosofía es desprestigiada por el sentido común imperante, que la califica poco menos que como una sanata improductiva. Incluso en las escuelas se ve cada vez más relegada...

-Sí, hay países donde directamente la sacaron. A mí me escriben de todo Iberoamérica, Chile, España, Perú para contarme eso. Yo creo dos cosas. Primero que justamente por eso se abre un espacio para la filosofía, porque hay tamaña insistencia en la identidad hiperproductivista que surge espontáneamente la necesidad de un aire, de un discurso distinto. Después hay una particularidad en nuestro país, a diferencia de otros. Yo estuve hace unas semanas en España y no podían creer el fenómeno de la divulgación que hay en la Argentina, no solo filosófica sino científica. Y lo que sucedió en la Argentina fue Canal Encuentro, que fue el efecto de una política cultural concreta que el Estado tomó para si en otro tiempo. Hubo voluntad política de hacer de la divulgación una forma de democratización del saber. Hoy estamos cosechando esa siembra.

-En tus charlas hablás mucho de Dios de la Biblia, diste charlas donde el eje central era el Génesis, claro que desde una perspectiva filosófica. Eso te ha generado cuestionamientos tanto desde los sectores religiosos como desde la propia Academia filosófica.

-Cuando tomo partido en algunos temas se genera una mayor animadversión, muy propia de las grietas de las sociedad argentina. El caso religioso es uno. Cada vez que yo tomo partido por una postura que de algún modo va en contra de las formas religiosas institucionales, es fuerte. Y no solo de la Iglesia, sino también de la Academia, que no está acostumbrada a trabajar fenómenos religiosos. Igual me pasa peor cuando me meto con la idea de Patria, o si me meto en temas futbolísticos. Hay identificaciones que molestan más que otras. Yo creo que hoy no impacta tanto afirmaciones como la de Nietzsche “Dios ha muerto” o tomar partido por una deconstrucción de la idea de Dios, como hacerlo por una deconstrucción de una idea identitaria. Molesta más el apoyo a la ley de aborto o al movimiento feminista. Pareciera que meterse con Dios ya no es meterse con algo que entra en la mesa de los ravioles del domingo, pero plantear ahí una idea de la deconstrucción de la ideas de familia es como destruir esa mesa.

-¿Son esos los campos donde la filosofía puede ayudar a desmantelar esas verdades instaladas?

-Lo está haciendo. Hay muchas pensadoras feministas que trabajan en esa linea, también en Argentina, además de las militantes. Es muy importante el rol de la filosofía en el movimiento feminista.

-¿Por qué creés que muchas veces les cuesta a las propias mujeres percibir los lugares donde estan postergadas?

-Es que no se trata de plantearlo en esos términos. La sociedad patriarcal supone una estructura de sujeción más allá de los roles que cada uno ocupa. Obviamente los varones tenemos ahí un lugar de privilegio que debemos mover. Pero también afecta a la forma con la que muchas mujeres se piensan a sí mismas en el marco de esa estructura. Las mismas contradicciones las podrías marcar en relación a lo que es la conciencia de clase. Muchos obreros explotados avalan el capitalismo. Tiene que ver con el poder que tienen las estructuras en la construcción de la subjetividad.

-¿Cómo se puede salir de la trampa de la grieta cuando ves que hay dos bandos que creen tener la razón, ser el bueno de la película en oposición al otro al que demonizan? Así no hay apertura para escuchar al otro.

-Esa es la trampa de la grieta. Acabás de resolverla (risas). Y no solo la grieta política, sino también la futbolística, la religiosa. En la medida que uno piense que aquello en lo uno cree es la única verdad, al otro lo vas a convertir en un idiota, un ignorante o un enemigo. En la medida que uno asuma que sus propias convicciones pueden ser contingentes, provisorias, hipotéticas y que pueden modificarse, el otro es el que te puede aportar la diferencia. Es dificil convivir con la otredad del otro. La grieta es farmacológica, tranquilizadora, hace que uno esté cómodo, se sienta siempre el bueno, el puro. Y desde ahí opera y actúa. Pero yo no le temo a las grietas. Al revés, lo que nos hace mal es el mito de la grieta única, no el hecho de que el ser humano vive en conflicto consigo mismo. Pensar que todas las grietas que somos se terminan circunscribiendo a una única grieta, que además tiene nombre y apellido, “macrismo o kirchnerismo”, es una manera de banalizar lo más rico que tiene el ser humano, que es como dice Nietzsche: somos un campo de batalla interior.

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-Sos profesor en la universidad pero también durante un tiempo ejerciste en la escuela secundaria.  ¿Cómo hacías para cautivar a alumnos que muchas veces parecen alejados de cualquier interés por estudiar?

-El problema es con los auditorios que no vienen predispuestos a una clase de filosofía...

-Porque hoy se culpa mucho al docente de que no logra despertar interés en sus alumnos. Se los acusa de no adaptarse a los cambios generacionales, de falta de capacitación...

-Yo creo exactamente lo contrario. Si hay una responsabilidad de la deserotización del trabajo en el aula, está en las estructuras escolares y no en el docente que todavía, a pesar de que la escuela está en crisis, busca día a día tratar de levantarla y de que en el aula pase algo

 -¿Pero no percibías también falta de receptividad en el alumno?

-No hay una escuela prototípica. Yo trabajé en escuelas privadas, en escuelas públicas de Olivos, de Espeleta, de Berazategui. La escuela, como la sociedad, es un campo de fuerzas muy distinto, con una ciudadanía cruzada, donde influye el contexto social, la formación previa, la procedencia familiar... Por eso lo interesante y lo inclusivo de la escuela pública es que promueve el cruce de esa diversidad que nos constituye como sociedad. Pero bueno... Me pasó de todo. Di clases en el 2001 y tenía jóvenes muy politizados en ese momento; di clases en el menemismo... La escuela es una expresión de lo que es la sociedad.

-¿Qué es lo que más disfrutas hacer? ¿Las charlas, dar clases, escribir?

-Dar clases, muchísimo. La escritura en el último tiempo se me volvió algo que me copa, la experiencia de lo que fue Canal Encuentro, todo lo que tiene que ver con el cruce entre filosofia y teatro, filosofia y música, como Desencajados, que es una de las experiencias escénicas con la que mas me enganché. Lleva ya siete años y me encanta además de hacer filosofia actuar, bailar, todas esas pavadas divinas que hacemos ahí en el escenario.

-¿De qué sectores extraños te han convocado a dar charlas?

-Me convocan de lugares muy anómalos en relación a los que yo hago, pero las experiencias son muy ricas. Los lugares mas extraños son los que por ahí al final más funcionan. Me acuerdo que hace algunos años me llamaron del gremio de administradores de edificios, y yo les dije “¿Pero de qué quieren que hable?”. Y ahí hay un tema que se puso de moda en filosofia, que es la hospitalidad, la relación con el otro. Y uno de los dirigentes había planteado esto del vínculo con el otro en la relación del administrador con los vecinos. Y en la charla eran todos administradores y contadores, todos de otro palo.

-También diste una charla en el Coloquio de Idea. Un discurso muy disruptivo que incomodó al auditorio.

-Si, también es cierto que cuando el mundo de la empresa te convoca a dar una charla, están buscando otra línea. Fue fuerte. Sentí un poco el rechazo de parte de los empresarios que estaban ahí porque fui con un discurso propio del pensamiento crítico filosófico, que entiende también al mundo de la empresa en su responsabilidad clave en la injusticia social. Pero también expliqué la Alegoría de la Caverna de Platón ante 700 estudiantes de la Escuela de Policía de la Ciudad y así como sentí que la mitad me querían meter en cana (sonrisas), a varios me los encuentro a veces en las esquinas y me dicen: “Esa clase me cambió la vida”. La docencia es un arte que tiene consecuencias inesperadas. Como divulgador no hago mas que reivindicar ese rol del docente que está yugándola en el día a día, buscando generar eso con los alumnos.

-¿Cómo te llevás con la popularidad, con el afecto de la gente?

-Me encanta ser un instrumento para que la filosofía llegue a tantos lados.

-¿Qué filósofo de la historia te gustaría que fuera testigo de estos tiempos para que aporte su mirada?

-Me encantaría ver como Marx reinventa su teoría en tiempos donde mucho de lo que previó por un lado se agudizó y mucho se fue para lados diferentes. Pero yo tengo como una relación hermosa con la filosofia antigua y me quedo más con un Platón, con esas posturas de un tiempo en el que no había electricidad ni shampoo y el tipo pensaba el amor, la trascendencia.

-Una última, bien filosófica. Hay una frase muy famosa de Martin Heidegger que seguramente leíste de muy joven y que es tal vez la pregunta básica sobre el ser: “Por qué hay algo y no más bien nada”. Después de todo lo que leiste, las charlas que has dado, los libros que escribiste. ¿Pudiste avanzar algo en esa respuesta?

-Es que cuanto más leés, a partir de esos disparadores inciales, lo que vas haciendo es agudizando las preguntas. Esa pregunta que por ahí apareció de manera más espontánea, empieza a tener otro color, otra densidad, otros vericuetos. Cuanto más te preguntas y más respuestas generás, más interrogantes surgen. Fue como abrir una canilla esa primera pregunta de “por que hay cuando pudo no haber habido nada”. Fue generando todo una serie de indagaciones a partir lo cual estoy convencido de que esa pregunta no solo no tiene respuesta, sino que no importa que no la tenga. La filosofia no se hace preguntas para encontrar respuestas, sino que se hace preguntas para cuestionar las respuestas establecidas, que es otra cosa.

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