El 13 de enero, oficialmente se presentó la docu-serie en el que muestra la dinámica familiar de los Tinelli. Pese a las críticas que puede recibir, no se puede negar que en los últimos 25 años, Marcelo Tinelli fue y es uno de los grandes "entretenedores" de los argentinos. Desde que irrumpió en un horario marginal con Videomatch y sus graciosos bloopers, el conductor fue ganando espacio no solo en pantalla, también en la diaria de sus compatriotas. De risa fácil y franca, con un sexto sentido para detectar lo que quizá no haga reír a todos pero sí a una inmensa mayoría, Tinelli durante décadas fue ese amigote que todos quieren en su barra y el yerno ideal para muchas suegras. Junto a su imagen "pum para arriba", de la risotada espontánea, de las bromas con su equipo de trabajo, de sus amores y desamores, de su amor indisimulable e infinito por sus hijos, hay un hombre que alguna vez fue niño y un niño que sufrió dolores que dejan heridas perpetuas en el alma.
Así como Mirtha se encarga de recordar con orgullo que nació en Villa Cañas, Tinelli siempre remarca que nació y creció en la ciudad de Bolívar. Su papá, Dino Hugo, era un tipo muy querido. Divertido y buen amigo, fue un habilidoso futbolista que se destacó en los clubes zonales. Cuando dejó la redonda trabajó como encargado de una florería, luego de una pequeña textil, pasó a administrar un bar y, finalmente, encontró su oficio en el oficio de periodista. Con Marcelo, su único hijo, vivían una relación entrañable y llena de complicidades. Dino era dueño de un diario, El Mensajero, y tenía otro en sociedad, La Mañana. En tiempos sin web, Marcelo lo ayudaba tomando nota de las formaciones de los equipos de fútbol. No solo compartían trabajo, también travesuras, en Carnaval ambos se ubicaban en la ventana para tirar bombitas de agua.
Su mamá, María Esther Domeño, era docente y él recuerda que estaba “siempre corrigiendo las pruebas en casa”. Hijo único, Marcelo era tranquilo y sin esos egoísmos que a veces detentan los que crecen sin hermanos. En la Primaria, sus maestras lo definían como un chico “muy pulcro y fino, un caballerito”. Aunque era un chico que "no daba problemas", lo expulsaron del ¡Jardín de infantes! Es que junto a Guillermo Mazzuca, el animador y otro compañerito empujaron a una religiosa al piso para curiosear qué llevaba bajo los hábitos.
Aunque en la escuela se portaba bien, se desataba con sus amigos del barrio. Una vecina solía correrlos a escobazos porque organizaban partidos a la hora de la siesta. Les gustaba recorrer la manzana pero saltando por los techos de las casas. Se metían en la casa de un bioquímico que había fallecido para jugar con los tubos de ensayo y los animales embalsamados que habían quedado. Cierta vez entraron en una casa que creían abandonada y encontraron una vela encendida. Pensaron que quizá había algún espíritu rondando. La explicación fue más simple. Vivía un linyera que los echó a los gritos y les dio el susto de su vida. Cuando se aburrían de explorar casas abandonadas un buen pasatiempo era sacar las frutas de los árboles de los vecinos y comerlas a escondidas entre los yuyos.
Para esa época tenía un hábito particular. No le gustaba caminar por las veredas. Prefería hacerlo en el espacio mínimo entre las plantas y el cordón. Además de jugar y caminar decidió trabajar. Un verano consiguió su primera changuita: repartía helados en bicicleta con una heladerita en bandolera. Cuando no trabajaba o se divertía con amigos, leía. Su tía Mirta Letal era profesora de Literatura en el colegio Carlos Pellegrini. No solo le enseñó ortografía, también lo incentivó a leer el Quijote y Fuenteovejuna y todas las novelas de Salgari. Amigos, travesuras, padres que se quieren y te quieren ¿qué más puede pedir un chico para ser feliz? Pero esa infancia feliz estalló por los aires.
En 1971, cuando tenía apenas 10 años y transitaba "una vida muy de pueblo", como un alumno más del quinto grado del Colegio Cervantes, Dino contrajo una enfermedad hepática y ni el hospital de Bolívar ni los de la zona contaban con el tratamiento que podría ayudarlo. Marcelo jugaba tranquilo cuando le dijeron “tu papá está enfermo”. A las 4 de la mañana lo subieron a un auto para llevar a Dino a Buenos Aires y ser internado. Falleció a los 15 días. Tenía 38 años. Marcelo nunca más volvió a su casa: se quedó en la de los abuelos maternos. De un día para otro dejó escuela, juguetes, amigos, es decir toda su infancia. Y sobre todo, dejó de tener a su papá.
El contraste entre la enloquecida ciudad a la que llegó y la tranquila ciudad que dejó fue brutal. De cruzar calles casi sin autos pasó a avenida Pueyrredón, su tránsito enloquecedor, los colectivos lo paralizaban. El colegio podía ser un buen refugio pero se transformó en un lugar hostil. En tiempos donde el bullying no estaba mal visto y además era hasta un "orgullo" tomar a uno de punto, sus compañeros se burlaban de su candidez pueblerina y su tonada. “Yo me comía todas las ‘s’ y decía todo con ‘j’. Decía palabras raras y los pibes se me cagaban de risa”.
Sin su papá, sin amigos, sin la tía que lo incentivaba a leer, tampoco encontraba el apoyo en su mamá. La depresión, esa enfermedad tan compleja como silenciada, comenzó a atrapar a María Esther, quien se recluyó en su casa y no quiso salir más. Y el hijo se transformó en padre de su madre. A los 15 años entró a trabajar como cadete en Radio Rivadavia, para ayudar a la economía familiar pero sobre todo con los tratamiento de su mamá.
“De muy pendejo, a los 17 años, la empecé a llevar a los neuropsiquiátricos. Era un dolor muy grande para mí dejarla internada. Muchas veces trabajaba en la radio para conseguir canjes de la clínica. De esa manera podía pagar la internación, sino tenía que terminar en hospitales, como también pasaba. Por ejemplo, en el hospital de La Plata, que la llevaba en tren. Para mí era tremendo dejarla ahí”, recordó Marcelo ante Luis Novaresio. La llamaba todos los días y la iba a visitar todas las semanas.
Su mamá falleció en 1994, en pleno éxito de Ritmo de la Noche. Exitoso en su presente, Tinelli no se victimiza por el pasado que vivió. "Mis me dieron todo lo mejor: hicieron lo que pudieron, cada uno con sus problemas. Eran dos personas hermosas, mi papá con una enfermedad como el alcoholismo, y mi mamá con depresión", le dijo a Mariana Fabbiani
El conductor de la risa franca alguna vez dijo: “En este mundo estamos de paso, y lo único que nos queda es tratar de disfrutar el momento”. El también encontró la vuelta para hacérselo disfrutar a los otros, y sobre todo, encontró la clave para jamás darse por vencido ni aún vencido.