Rodolfo Ranni volvió al teatro con "Negociemos, una historia de amor", y lo hizo acompañado por alguien muy especial para él: Marta González. Con 87 años y mucha vida vivida hablar de ese reencuentro lo emociona. “Con Marta somos amigos desde hace sesenta años. Hemos trabajado muchísimo juntos. Hacía veinte años que no compartíamos escenario; lo último fue "El gran deschave". Para los dos es un momento muy particular, porque de verdad nos queremos mucho y en el escenario nos entendemos de una manera muy especial”, cuenta, dejando claro que la química entre ellos no se pierde aunque pasen las décadas.
La obra toca temas profundos como las negociaciones del amor maduro, pero él aclara que no tiene nada que ver con su vida real. “Son dos personajes, y el que está enamorado es una persona sola; la otra no lo sabe. De todas maneras, lo bueno del teatro es que no tenga nada que ver con uno. Nada de lo que digo o lo que pasa en la obra tiene que ver conmigo personalmente. Si hago de asesino, no salgo a matar gente”, afirma, fiel a su estilo directo.
Al hablar de Marta y del momento que ella atraviesa con distintos problemas de salud, la admiración se cuela entre sus palabras. “Marta es una leona. Por cómo actúa, no tiene ningún problema. Hay que mirar para adelante, siempre. Ella es una persona que mira para adelante. Y yo también.”
Con una carrera inmensa, en la que se movió del drama a la comedia sin escalas, sorprende cuando asegura que ningún personaje lo marcó. “Uno trabaja y no tiene nada que ver con uno”, dice, y enseguida comparte una anécdota deliciosa sobre Dustin Hoffman y Laurence Olivier en Maratón. “Hoffman salía a correr 20 kilómetros antes de entrar al estudio porque hacía de maratonista y llegaba agotado. Olivier lo miró y le preguntó por qué hacía eso. ‘Porque soy maratonista’, dijo Hoffman. Y Olivier le respondió: ‘¿Y si probara a actuar?’. Yo tengo que actuar que soy maratonista, no serlo. Hacerte creer que lo soy es mi trabajo.”
La nostalgia aparece cuando recuerda sus años junto a Olmedo y Porcel. “Trabajé muchísimo con el Negro y con el Gordo. Fue un momento glorioso del cine nuestro. Y además siempre pensé que no existe la especialización en mi trabajo: no creo en el actor cómico, el actor dramático, el de cine… El actor tiene que hacer todo bien; para eso le pagan.”
Su fama de hombre frontal, de “Tano sin filtro” no es algo que él analice demasiado. “Nunca pensé en eso. No tengo ningún problema en el medio con nadie, todo lo contrario. Lo que pasa es que cuando digo algo, o pienso algo, se me nota en la cara. La gente a veces se confunde. Soy muy vergonzoso, al revés de lo que muchos creen.”
Cuando se le menciona el episodio con María del Carmen Valenzuela, corta rápido y con respeto: “No hablo de ese tema. Yo no tengo ningún problema con la señora Valenzuela.”
Lejos de las polémicas, él prefiere que su vigencia se explique por algo más simple: trabajar. “El talento tiene que estar en el escenario. Soy un actor atípico: no estoy mezclado nunca en nada. Yo trabajo y me voy a mi casa. A veces salgo del teatro antes que el público. Mi vida personal no tiene nada que ver con mi trabajo. Lo único que hago en el escenario es trabajar. Todo lo demás forma parte de algo en lo que nunca participé.”
La conversación deriva hacia su otra pasión cotidiana: la cocina. Sus hijas aseguran que prepara el mejor asado del mundo y que su tuco es sencillamente inigualable. Pero Ranni baja el tono épico enseguida. “En mi casa no hay platos estrella… y tampoco estrellas. Cocinamos de todo, desde comida china hasta árabe. Las mejores empanadas árabes de la Argentina las hace mi mujer; el relleno lo hago yo, claro. Pero no es una pasión: es algo cotidiano.”
Y cuando se le pide un consejo para ese joven Ranni que soñaba con ser actor, responde con la misma honestidad que lo caracteriza: “No soy de dar consejos y creo mucho en el destino. Tendría que contar mi vida para explicar por qué estoy acá hoy y soy actor. No me aconsejaría a mí mismo. Trato de ser lo más humilde, recto y honesto conmigo. Pero consejos… no doy consejos.”