Fue uno de los conductores más populares de la televisión argentina, un hombre carismático, enérgico y dueño de una sonrisa que parecía eterna. Sin embargo, detrás del brillo de las cámaras, Leonardo Simons libraba una batalla silenciosa que nadie supo detener.
El 15 de octubre de 1996, a los 49 años, el país amaneció con una noticia que heló la pantalla: el animador de Ta Te Show se había quitado la vida. La conmoción fue total. Nadie podía entender cómo aquel hombre que cada fin de semana repartía alegría y premios había tomado una decisión tan definitiva. Detrás de esa imagen de éxito, Simons arrastraba angustias, presiones y una sensibilidad que terminó por quebrarlo.
Antes de aquella fatídica decisión Simons había tenido una vida de esas que logran torcer comienzos difíciles. Creció en una familia con carencias económicas y a los once años consiguió trabajo de vendedor ambulante. En el secundario se anotó en una escuela industrial y para ganarse el mango, los fines de semana, animaba bailes en los clubes.
En diciembre de 1968 le dieron el título de locutor y dos meses después ya tenía trabajo en televisión. Su primer trabajo fue en la Campana de Cristal por Canal 13. El conductor era Héctor Larrea y lo acompañaban cuatro colaboradores nuevos: Julio Lagos, Fernando Bravo, Norberto Longo y Simons. Al año siguiente lo llamaron de Canal 9 para conducir Música en libertad.
En el canal de Alejandro Romay estuvo por más de 20 años. Después de Romay, su cara era la cara del canal. Condujo Feliz domingo, Sábados de la bondad, Si de rating hablamos y Finalísima, su gran éxito con el que llegó a medir 43 puntos de rating. Simons solía tomarse con humor las críticas que le hacían por su peinado, sus sacos con hombreras, sus frases largas y eternas. De sus hombreras aseguraba que solo las había usado en 1986 y diseñadas por Elsa Serrano pero que “había quedado etiquetado por eso”. A los que lo tildaban de gritón les concedía “es la sangre que me lleva a elevar el tono de voz pero hay muchos que gritan más que yo”. Se definía como “Un buen piloto de Fórmula 1, al que le dieron una buena máquina. Hay quien lo estrella en la primera curva, yo lo llevo hasta la llegada”.
Con una vida profesional plena también tuvo tiempo para enamorarse. Su primera pareja fue la locutora Alicia Gorbato de la que nacieron sus hijas Vanesa y Bárbara y una segunda pareja con Ruth Kisielmnicki.
En 1993, Telefe necesitaba un programa de entretenimientos y lo convocaron para conducir Ta te show. Aceptó en algo que en ese momento se vivió como el pase del año. Tres años después el conductor comenzaba su cuarta temporada consecutiva al frente del ciclo, pero ese año, una noticia lo golpeó muy duro. Su hermano, el ex juez Juan Carlos Wowe, fue detenido y derivado a la cárcel de Caseros acusado de haberle pedido una coima al periodista Bernardo Neustadt para favorecerlo en una causa iniciada por Mauricio Macri.
La detención de su hermano le habría provocado un estado depresivo. Por primera vez se encontraba metido en un escándalo. “Una vez él me dijo: ‘Si a mí me llega a pasar lo que te pasó a vos, me mato’. Esto te lo pinta de cuerpo entero”, comentaba en una entrevista con Pronto, Silvio Soldán que recordaba las palabras que Simons le dijo luego de su escandalosa separación de Silvia Suller.
Con las noticias sobre su hermano en todos los noticieros, Simons comenzó a vivir una situación paradójica. Sentía que la gente lo miraba por ser el hermano del cuestionado juez cuando en realidad lo miraban por ser el conductor querido por todos. Se sintió responsable de algo que no le correspondía.
Recurrió a la ayuda de profesionales y comenzó un tratamiento psiquiátrico. Iba dos o tres veces por semana a un psicólogo. La depresión se agravó con la detección de hipertensión ocular, algo perfectamente controlable pero que él asumió como un riesgo inminente de ceguera.
Amado por su familia, acompañado por su terapeuta, nadie pudo impedir que Simons tomara su fatal decisión. Días después se fueron conociendo detalles que intentaban dar respuestas. Según contaba la edición de Pronto, se supo, por ejemplo, que el conductor habría aprovechado sus contactos con personas vinculadas al poder para facilitar el nombramiento como juez de su hermano. Además, trascendió que la investigación sobre la llamada “Aduana Paralela” lo involucraría. Facturas de una empresa que presidía le fueron solicitadas por su hermano, quien las utilizó a espaldas del conductor para ingresar al país en forma ilegal 6.000 videocaseteras y filmadoras. Por último, la carta que dejó Leonardo a su hermano llegó a la cárcel de Caseros la misma mañana en que se produjo la tragedia. Minutos antes de quitarse la vida, el animador habría recibido una llamada telefónica de su hermano, quien lo habría amenazado con involucrarlo públicamente en el contrabando de mercaderías.
“Pobre Leonardo, creo que nadie se imagina lo que debe haber sufrido. Lo que pasa es que era tan introvertido que vos sabías lo que él decía pero no lo que él pensaba”, reflexionaba Soldán.
Quizá intentando explicar algo que para todos resultaba inexplicable, Simons dejó tres cartas. Una para Ruth, su esposa donde le aseguraba que “las personas que más quiero en mi vida son mis hijas Vanessa y Bárbara y que ella le había dado diez años de felicidad”. A sus hijas les explicó que “Papá prefirió tomar esta actitud que cree valiente porque me reventó la cabeza y es mejor que ser una carga de por vida para ustedes, estando en un manicomio”.
La última estaba dirigida “a todos mis amigos”: “Les pido que no me juzguen y me perdonen. Muchos saben que son como mis hermanos. Ya no podía controlar mi conciencia, pese a que lo venía disimulando desde hacía varios meses. Ya no podía disfrutar de la vida ni de mis seres queridos. Por favor, díganle a Bernardo Neustadt que me disculpe por la indignidad que le hice pasar a alguien de mi misma sangre. Mi cabeza ya no da para más. Siento a cada rato que me va a explotar. No quiero terminar en un manicomio. Ya no soporto más. Ya no doy más. Necesito paz. Adiós y hasta siempre. Los llevo en mi corazón”.
A casi tres décadas de su partida, el recuerdo de Leonardo Simons sigue intacto en la memoria de quienes crecieron viéndolo regalar sonrisas cada domingo. Fue un hombre apasionado, exigente y generoso, que supo ganarse el cariño del público con su energía arrolladora y su inconfundible estilo frente a cámara. Detrás del conductor exitoso había un ser sensible que no pudo escapar del peso de sus propias sombras. Su historia es, todavía hoy, una de las más tristes del mundo del espectáculo, pero también una invitación a mirar con empatía y sin prejuicios a quienes atraviesan momentos de dolor. Porque, como escribió en su última carta, lo único que buscaba era paz.