Actor, cantante y galán eterno, Carlos Mata (73) no necesita mucha presentación ya que su figura entera, emblema de las telenovelas latinoamericanas, ha trascendido todas las fronteras. El artista venezolano, que se hizo conocido a escala planetaria por su protagónico junto a la actriz Jeanette Rodríguez en la novela Cristal, nunca descuidó su faceta de cantautor y a lo largo de los años editó más de diez álbumes.
En nuestro país vivió desde 1992 al 95 cuando estaba bien en la cresta de la ola y luego se mudó a Estados Unidos, donde residió durante más de 30 años. Actualmente, tiene su base en Madrid junto a su esposa, Maigualida Torres, y desde allí dialogó en exclusiva con Pronto por videollamada. El próximo viernes 2 de mayo, brindará un concierto en el Teatro Opera y allí el cantante repasará sus grandes éxitos, mechado con anécdotas e historias de lo que no se vio en sus telenovelas. Luego, el sábado 3 de mayo también se presentará en el cine teatro San Carlos en Junín, provincia de Buenos Aires. Entre entusiasmado y nervioso por su regreso a la Argentina después de casi 30 años, Carlos habló de todo y se entregó, con total generosidad, a una charla que se extendió por más de una hora.
-¿Cuándo hace que no venís a nuestro país?
-Estuve en diciembre de 2022 pero por un viaje fugaz ya que me invitaron a participar de un concierto en el Luna Park. Pero hacía más de 30 años que no pisaba la Argentina. ¡No sabés lo que extrañaba y extraño tu país! En 2022 recibí la invitación del cantante uruguayo Lucas Sugo que me sorprendió y me encantó. A través de su manager, me dijo que era un admirador mío de siempre y que le gustaría invitarme a subir al escenario con él. “Sería un honor que aparecieras para cantar Déjame intentar con él”, me explicó el manager y dije que sí. Por lo general, digo que no a esas cosas pero extrañaba tanto pero tanto Buenos Aires, que no me pude negar.
-¿Cómo lo viviste?
-Con muchísima emoción. He estado en muchos países que quiero y a los que les agradezco, como España e Italia o Israel, pero lo que viví en la Argentina es tan único y tan especial que supera todo. La empatía del público es enorme y cuando te quiere, te quiere en serio y para siempre. Me asombraba cómo estaban de actualizados y cómo sintieron la muerte de Sandro, por ejemplo, que fue amado hasta la muerte y por siempre. En mi caso, siempre sentí un amor infinito con los argentinos. Me había ido de Buenos Aires en 1995 y nunca más había regresado. Estuve viviendo en Estados Unidos todo este tiempo hasta que hace un año nos mudamos con mi esposa a Madrid.
-¿Por qué te mudaste de Estados Unidos a España?
-Estados Unidos es un país al que le debo mucho en términos de que todo funciona muy bien pero no soy muy de la mentalidad norteamericana en muchos aspectos y en otros sí. Mi papá estudió después de la Segunda Guerra Mundial en Nueva Jersey y él sí era muy americano en muchas cosas pero siempre conservó esa cosa venezolana y latinoamericana de los afectos. Y soy un poco igual. He vivido en varios países y al Caribe uno lo lleva adentro.
-¿Sí?
-Sin dudas. Los latinos somos muy de la familia, los afectos, el abrazo y la calidad de vida afectiva, que nada tiene que ver con el dinero. Los amigos, la familia, los hijos y la manera en que uno expresa su amor. El argentino, por ejemplo, disfruta más de ver un partido de fútbol con sus amigos que de dar una vuelta en un yate. El español en cierto punto también puesto que lo nuestro viene de Europa y sobre todo de España. Eso de la familia, la reunión alrededor de la mesa y el contacto cotidiano normal que uno tiene con las personas, incluso con los taxistas que te dan charla y jamás viajas en silencio. Estaba harto de esa cosa tan fría de los norteamericanos. Vivía en Manhattan, en Nueva York, cuando me fui de la Argentina.
-¿De qué año hablás?
-Del 95. En Buenos Aires viví del 92 al 95. Y de ahí nos mudamos a Nueva York. Si bien tenía mi casa en Caracas, Venezuela, la idea era esconderme. Dejé un poco la locura de lado porque ya no daba más. Me la pasaba volando de ciudad en ciudad y quizás me despertaba a medianoche y no sabía en qué ciudad estaba. Entre las giras y las grabaciones de las telenovelas, además de las giras de promoción discográfica o de los programas, casi no paraba en mi casa. Una vez saqué la cuenta de que llevaba ocho años y medio sin tomarme ni una sola semana de vacaciones. En un momento, eso hizo crisis en la familia y me tuve que poner a evaluar.
-¿Qué hiciste?
-Paré el carro de una y me fui al otro extremo. En el tope, tope, tope de mi carrera yo desaparecí. ¿Si me arrepiento de eso? Sí, claro. No de haberlo hecho. Sino de haberlo hecho durante tantos años. Me desaparecí durante casi 13 años. Sin embargo, la gente me seguía reconociendo.
-¿Cómo quedó tu vínculo con el público?
-Igual de fuerte. El problema estuvo en que dejé pasar mucho tiempo sin hacer nada: no grabé discos, ni salí de gira ni hice televisión. Lo loco igual era que nunca dejaban de reconocerme, incluso en el metro de Nueva York. Hasta los gringos me reconocían. Cristal se transmitió en todo el mundo, incluido los Estados Unidos de costa a costa, y yo estaba de gira en Nueva York cuando se terminó de transmitir la novela. Una noche, estaba mirando televisión porque me tocaba tocar en un night club buenísimo a la medianoche en New York y de repente el noticiero central hizo una nota en inglés donde decía: “And tomorrow finally the last episode of Cristal” (y mañana finalmente el último episodio de Cristal). Así, a nivel nacional, por la ABC. Como había mucha población latina, se paralizaba el país para ver esa novela.
-¿Imaginabas tanto éxito antes de hacerla?
-No, ni en sueños. No me propuse nunca todo lo que sucedió. Cristal no soy yo: ni la escribí ni nada y solo caí por accidente, sin pensar en ser el protagonista. Eso lo he contado muchas veces. Pero básicamente a raíz de que salió todo eso, un día mis hijos me dijeron: “Pero, papá, eso era lo que tú querías y lo que te gusta. ¿Por qué vas a renunciar a eso? Ya has sacrificado mucho por nosotros”. Entonces, así fue como volví a grabar música y empecé a aceptar trabajos porque los rechazaba a todos por aquellos años. Volví a rodar telenovelas en Venezuela también, para estar cerca de mis dos hijos menores. Iba los fines de semana, estaba con ellos y me volvía a Estados Unidos, a mi casa en Miami.
-¿Ellos vivían en Venezuela con su mamá?
-Claro. Tengo tres hijos: Carlos Javier, Christian y Santiago, y los dos más chicos para ese entonces vivían en Venezuela con su madre. Ellos entendían español pero no lo hablaban. Si bien Christian, que es el segundo hijo, nació en Buenos Aires, cumplió su primer año en Nueva York. Y el otro directamente nació en Nueva York. En la casa oían español y lo entendían pero no lo hablaban casi nada; todo era en inglés. Entonces, luego del divorcio mi ex mujer me dijo: “Me los voy a llevar conmigo a Venezuela; necesitan aprender español”. Me pareció buenísimo porque iban a ser solo ocho meses pero esos ocho meses se convirtieron en un montón de años hasta que ellos regresaron.
-¿Y el más grande, Carlos Javier?
-El mayor sí se quedó en Estados Unidos porque estaba comenzando la universidad e hizo su vida. Vivió en Denver, Colorado. Si bien no se lleva tantos años con sus hermanos, en esa edad los siete años de diferencia se notaban más. Cuando Santiago tenía ocho años, Christian tenía diez y Carlos Javiera tenía 17. Los dos menores siempre iban más o menos juntos. Ya de más grande, los tres se regresaron a Miami.
-¿Estabas bien en Miami o no tanto?
-Sí, estaba bien pero reconozco que nunca me gustó vivir ahí. Me quedé porque era perfecto para cuando mis hijos vinieran a visitarme. Nunca en la vida perdí el vínculo con mis hijos. Mi prioridad absoluta siempre fueron ellos y tengo la relación más hermosa del mundo con los tres.
-¿Te dieron algún nieto?
-No, no aún. Yo me muero por ser abuelo, confieso. El problema es que me gusta mucho la vida casera y si a mí me ponés un nieto al lado, no salgo más de la habitación. A mí los bebés en general me apasionan. Disfruté tanto a mis hijos, que no me quedó nada pendiente. Era de los que se levantaban a la madrugada a cambiar pañales y darles la mamadera. Como viajaba tanto por trabajo, el tiempo que estaba con ellos era al ciento por ciento. No podía perderme la oportunidad de mirarlos a los ojos, olerlos, abrazarlos, tocarlos.
-¿Cuánto llevás en pareja con Maigualida?
-Tenemos ya veinte años juntos y muy bien, viviendo hace uno ya en Madrid.
-¿Con ella nunca proyectaron tener un hijo?
-No, no. A ella le encantan los bebés de los demás. Siempre fue muy autosuficiente e independiente en muchas cosas, entonces es la tía perfecta de todos sus sobrinos. Los chicos se pelean por estar con ella porque es muy dulce, complaciente, consentidora con los niños y la adoran. Ella es muy libre, ha viajado por todo el mundo desde niña y nunca se planteó ni quiso tener hijos. El combo era perfecto porque los míos para ella siempre fueron como sus hijos. Ellos la quieren con toda el alma. Fui un afortunado y fue algo así como: “A los hijos los pongo yo, no te preocupes”.
-¿Tus hijos a qué se dedican?
-El mayor, Carlos Javier, se crió en Argentina, habla español perfecto y aprendió a jugar al fútbol de chiquito en Buenos Aires. Hoy tiene 37 y se casó el año pasado con una muchacha norteamericana, hija de españoles. Luego viene Christian, que nació en Buenos Aires en la clínica Suizo argentina y lo llamamos así porque Christian es un nombre muy argentino. Tiene 30 años, estudió administración y luego dirección de cine. El menor, Santiago, es guitarrista de rock, hace música y como era muy bueno para los deportes, estudió representación de deportistas. Tiene que ver con el management y la cosa financiera. Lo de él es la música y también el deporte. Ahora tiene 28 años, trabaja en una empresa y cuando llega a su casa, tiene su estudio y se sienta a componer. Está por sacar su música ahora, que es muy distinta a la mía.
-¿Se casó?
-Sí, con una amiga y la historia es bien bonita. Su mejor amiga, venezolana ella, estaba estudiando en Estados Unidos pero se le vencía la visa de estudiante e iba a tener que irse. Entonces, él le dijo: “Casate conmigo. Nos queremos, hemos pasado noches juntos como amigos y eres mi mejor amiga. En este momento no tengo una novia y eres la persona que más quiero”. Llegaron a un acuerdo amistoso de casarse y ya llevan cinco años juntos. Son inmensamente felices como pareja. Pasaron de la amistad al amor y son adorables juntos.
-Hablás de tus hijos y se te ilumina la cara.
-Sí, siento mucho orgullo de los tres porque son buenas personas, honrados, respetuosísimos y educados con la gente. Considerados, amables y siempre fueron así, desde chiquitos. No es nada armado, es lo que les sale porque es lo que han sido desde bebés. Recuerdo que, en Buenos Aires, los padres de sus amigos me decían: “Queremos adoptarlos a ver si contagian a nuestros hijos”. Mis chicos iban a comer y elogiaban la comida, levantaban la mesa, lavaban los platos y todos pensaban que era marcianos; chicos fuera de serie. En Nueva York igual. ¿Cómo no voy a sentir orgullo?
-Volvamos a tu vínculo con la Argentina. ¿Por qué tardaste tanto en volver?
-No lo sé. Me fui en el 95 y en estos 30 años, solamente estuve esa noche de diciembre de 2022 en el Luna Park. Me mandaron pasaje, llegué, ensayamos por videollamada a distancia, pusimos los tonos que necesitábamos y salí al escenario. Es más, al cantante uruguayo Lucas Sugo recién lo conocí en el escenario. Ni siquiera me necesitaron para la venta porque estaban sold out. “Queremos que estés para hacerle este regalo al público y a nosotros mismos porque toda la vida soñamos con hacer esto contigo”, me dijeron Lucas y su manager. Fue una locura porque salí a cantar y la gente no se lo esperaba. Con mi barba y las arruguitas costó que reaccionaran pero cuando empecé a cantar, todo el Luna Park se puso de pie. Desde los de seguridad hasta los que barren, todos pero todos se pusieron a cantar Déjame intentar. Es increíble el trabajo que hace la memoria emotiva y afectiva.
-Una noche inolvidable, ¿no?
-No podría explicarte con palabras lo que sentí. Y fue la única noche que estuve en Buenos Aires en los últimos 30 años. No te imaginás las ganas que tengo de volver y encontrarme con el público. Quien me llevó a la Argentina en su momento, mi productor de toda la vida, Rubén La Rosa, que es con quien hice 11 Gran Rex todos llenos, es un gran amigo que conservo en Buenos Aires y me dijo: “Carlos, ahora sí podés venir”. Llevaba años tratando de armar este concierto pero no se concretaba por los recursos, los gastos y otras cuestiones. Ahora sí va a darse y tengo mucha adrenalina por reencontrarme con toda la gente y caminar por la calle Corrientes.
-¿Estás preparado emocionalmente?
-Sí, sí. Primero haré un show en Montevideo y eso me va a servir para calmar los nervios. Me da mucha emoción volver a la Argentina. Siempre he sido muy del tango, el sentimiento, el abrazo, el beso y de expresar mis sentimientos. Esa manera de sentir tan apasionada de los argentinos ya sea por el fútbol, el arte, la literatura o lo que sea, a mí me identifica y me conmueve. Las lágrimas, ya sea de felicidad o de tristeza, no son para esconderlas. Con los años me fui poniendo más sentimental que nunca.
-¿Qué es lo que más añorás de nuestro país?
-La gente, un buen asado, unas ricas empanadas con vino y reunirme con amigos. Quiero tocar una chacarera con la guitarra y escuchar un buen un tango, aunque yo soy más rockero. Debo reconocer, de todos modos, que soy un profundo admirador de Piazzolla.
-¿Sos de mirar tus trabajos?
-No, nunca, jamás. No puedo, no me gusta. Nunca miré una telenovela en mi vida y ni siquiera las películas que he hecho. No me gusta verme. Por eso, amo el teatro: en el teatro yo no me tengo que ver y hago lo que sea sin tener que mirarme.
-Hablando de ver, ¿por qué tenemos que ir a verte al recital del 2 y 3 de mayo?
-Mira: no hay robots ni escenografía que se mueve. No hay pirotecnia ni nada con inteligencia artificial pero sí sé lo que hay: un ser humano que los ha querido toda la vida y que está inmensamente agradecido. Se van a encontrar con un repertorio que podremos cantar juntos y una vez más podremos abrazarnos. Tengo muchísima gente de la Argentina que me escribe por las redes sociales y tenemos años esperando este momento. Para mí es fundamental y no me puedo ir de este mundo sin volver a la Argentina y mirar a los ojos al público argentino. Tan sencillo como eso.
-¿Hay sorpresas?
-Aparte de la música y la banda es cierto que meto muchas cosas que tienen que ver con la interacción con el público. Hay cosas sorprendentes pero para que se rían. Hay mucho humor. La gente no sabe que he comenzado mi carrera haciendo comedia y, en este caso, preparé detalles especialmente que tienen que ver con eso. Lo probé en Nueva Jersey y otros lados y la gente se muere de la risa pero de una manera cariñosa. Soy un alma cantando y un ser humano con canas y barba entregando el corazón. He jurado tanto que iba a volver a la Argentina, que necesitaba hacerlo por la gente y por mí.
-¿Cómo te llevás con tus canas y la barba? ¿Te afecta el paso del tiempo?
-A mí la edad no me molesta para nada y me siento el mismo jovenzuelo de toda la vida de la secundaria. Me siento un espíritu joven, lo que pasa es que el cuerpo te traiciona y el espejo también. A mí eso no me afecta en mi manera de ser. Obviamente que hay cosas que uno tiene que madurar porque para eso se viene a la vida. Pero hay otras que no quiero perder y en muchas cosas me siento un niño, ni siquiera un adolescente. Mi esposa se ríe y la gente que me conoce también pero a mí me encanta. Por eso creo que sería un desastre como abuelo porque me pondría a jugar con un niño de cinco años a su misma altura y de ahí nadie me saca. En el fondo, eso es actuación y lo disfruto muchísimo.
-¿Hacés actividad física?
-No tanto como antes. Los años pasan, lamentablemente, y en algunas cuestiones estoy más limitado desde el accidente que tuve con un caballo rodando una película de época en 2013. Protagonicé un personaje real de la independencia de Venezuela en 1814, en el momento más cruento de la guerra con España. Tuve un accidente y me costó mucho recuperarme. Antes hacía artes marciales y ahora no puedo hacer nada de impacto. Solo bicicleta en el gimnasio, nadar y caminar. Pero nada de trotar o actividades de impacto. Y si bien me siento bárbaro, ahí te das cuenta de que los años empiezan a pasar factura.
Por Nicolás Peralta // Fotos: Gentileza Jimena Arce prensa y comunicación