Hace ocho décadas nacía un niño que se transformaría en leyenda: Sandro, una figura que sigue encendiendo pasiones como aquel fuego que él mismo cantaba. Ese chico humilde de Valentín Alsina que soñaba con parecerse a Elvis, se transformó en Sandro de América, el hombre que conquistó corazones con su voz profunda, sus movimientos sensuales y ese magnetismo imposible de imitar. Sus “nenas” aún lo recuerdan como si estuviera vivo, porque Sandro nunca se apagó: su legado late en cada canción, en cada película y en cada historia de amor que sembró a lo largo de su vida.
Roberto Sánchez Ocampo nació un 19 de agosto de 1945 en la Maternidad Sardá, en Buenos Aires. “Me contaron que nací en un horario incierto, no se sabe si era 18 o 19 de agosto, pero me anotaron el 19... Aunque según mi vieja nací el 18. Nací de incubadora, pesaba dos kilos 300, 400, ¡era un ratón! Yo vivo porque quise... ¡Me empeciné en vivir! Mi mamá ya había tenido otro hijo, muerto. Ella tenía problemas con sus embarazos y yo nací enclenque. No daban dos guitas por mí y acá estoy: no van a poder conmigo, ¡qué joder!”, le contó a Pinky sobre su nacimiento en una entrevista realizada a mediados de los años 90. Sus padres quisieron llamarlo "Sandro" pero que el Registro Civil de esa época se negó rotundamente. El nombre derivaba de Sandor, un nombre gitano que remontaba a los orígenes de su familia paterna.
Su infancia en Valentín Alsina (Lanús) transcurrió entre carencias, pero en un entorno donde el amor familiar lo sostuvo. “Nosotros vivíamos en una pieza y compartíamos con los vecinos del conventillo la cocina, la pileta del patio y el baño. Claro que éramos pobres", contó años atrás en una entrevista. A los trece años abandonó la escuela para ayudar a la familia: repartió damajuanas con su padre, trabajó en una carnicería y en una farmacia, fue tornero compró a crédito su primera guitarra. Alentada por concursos de canto y serenatas junto a Enrique Irigoytía comenzó a convertirse en ídolo.
Con el nombre artístico que sus padres habían imaginado, adoptado al inicio de la década del ’60, surgió su figura. Supo cantar boleros y también tangos. "Gracias al rock dejé las calles, las navajas y las cadenas y agarré una guitarra. Dejé la campera de cuero y las pandillas. El rock me salvó. Me salvó de que fuera, quizás, un delincuente. (...) En esa época yo vivía en Valentín Alsina, un barrio pobre que a determinada hora se ponía bravo. Había camperas y navajas que eran una copia de los modelos que nos presentaba el cine con Marlon Brando, James Dean, Sal Mineo. Las películas eran Rebelde sin causa, Salvaje y Semilla de maldad, donde apareció el primer rock, nosotros no tuvimos profesores, el único fue esa música”, reveló sobre sus tempranas influencias.
Lideró bandas como Los Caniches de Oklahoma, que luego se transformaron en Sandro y Los de Fuego, uno de los grandes pioneros del rock. “El rock apareció como una música netamente energética. Nosotros no entendíamos bien lo que se cantaba, no teníamos la menor idea de nada, Nadie hablaba inglés, era pura energía (...). El primer rock lo escuché en el cine y no sé por qué empecé a pegar saltos. Después escuché por radio a Brenda Lee cantando ‘Dinamita’. Me acuerdo que estábamos almorzando. Tiré los cubiertos para arriba y ahí mismo me ligué la primera piña de mi viejo. Yo tengo muy claro que hasta que apareció el rock, toda la gente se vestía de gris, azul y marrón. Y que con el rock llegó el color”, le contó a Víctor Pintos para el libro Tanguito.
Pese a sus comienzos rockeros se fue dedicando a las baladas y él mismo explicó por qué. “Dejé el rock porque me encontré con que había cumplido una meta. Sentí que el rock tenía que estar relacionado con lo juvenil. Y cuando vas creciendo, tenés ganas de decir otro tipo de cosas que el rock no te permite. Tal vez, si se hubiera usado el rock lento, me hubiera dedicado a cantarlo. Algo más relacionado con las baladas”. Con ese cambio alcanzó el auge de su masividad.
Su estilo en escena, con movimientos sensuales y una potencia vocal heredada de Elvis Presley, impactó a toda una generación: sus fanáticas, conocidas como “las nenas”, lo adoraban hasta el extremo de arrojarle prendas íntimas. Pero Sandro transcendió el rock; viró hacia la balada romántica con magistral naturalidad. Temas como “Quiero llenarme de ti” le valieron el primer premio en el Festival de la Canción de Buenos Aires en 1967. Su emblemática “Rosa… Rosa” vendió más de dos millones de discos y se convirtió en una joya de la balada latina. Temas como “Penumbras” desbordaban emotividad y enamoraban.
Sus logros como artista todavía sorprenden. Fue el primer latinoamericano en presentarse cinco veces en el Felt Forum del Madison Square Garden, marcando además un hito con una transmisión por satélite que alcanzó una audiencia estimada en más de 250 millones de de personas. Lanzó 52 álbumes y vendió más de 20 millones de copias y 11 de esos discos fueron de oro. Llenó 40 Teatros Gran Rex entre los años 1998 y 1999. Por otro lado, el artista tuvo su veta actoral, filmó 13 películas y hasta llegó a dirigir algunas de ellas.
Su capacidad para encarnar esa figura cargada de erotismo lo convirtió en leyenda, tan intensa que algunos lo comparan con Rodolfo Valentino o incluso Carlos Gardel. “Yo vendo la piel de Sandro, pero si además vendo la piel de Roberto Sánchez... ¿qué me queda?”, decía ante la curiosidad sobre sus romances.
Su vida sentimental fue poderosa pero discreta. Vivió veinte años junto a María Elena Fresta, quien cuidaba a su madre, Nina, fallecida en 1992. Luego, su gran amor fue Olga Garaventa, secretaria y sobrina de su representante; se casaron en 2007 en una ceremonia íntima en su casona de Banfield. “Ella comprende y tiene muy claro lo que es el ídolo Sandro, por decirlo de alguna manera, y el señor Roberto Sánchez, de las situaciones y presiones diferentes que tiene que vivir. A veces Sandro me crea unas presiones tremendas. ¿Y en dónde las descargo? En casa. Y la pobre santa tiene que poner la oreja. Pero esta pone la oreja, me contiene, me calma. Y después paso de ser aquel viejo león rugiente, a un gatito, un pussycat”, contó sobre la dinámica entre ellos.
Otro vínculo importante fue con María Martha Serra Lima; ella reconoció que Sandro compuso “Cosas de la vida” para ella y declaró: “Lo quise muchísimo”. En su universo rodeado de misterio, se lo vinculó con figuras como Soledad Silveyra o Susana Giménez.
En sus últimos años, afrontó una lucha conmovedora contra la enfermedad: tras un doble trasplante cardiopulmonar en 2009, pronunció su declaración más arriesgada: “Si me dieras el 1 % de chances de vida, me trasplanto igual. Soy un muerto en vida” Falleció el 4 de enero de 2010, con 64 años. Estaba en Mendoza donde había sido trasladado de urgencia porque hubo un donante y podía ser sometido a un trasplante. Olga lo acompañó hasta el final.
La pasión del público por él no terminó con su vida; su despedida fue histórica: más de 50.000 personas desfilaron en el Congreso de la Nación para despedirlo y a lo largo de la avenida Hipólito Yrigoyen se congregaron más de 100.000 personas acompañando su cortejo hasta el cementerio privado de Longhchamps, en el sur bonaerense. El trayecto duró más de tres horas, el cortejo se detuvo en el barrio de Banfield, en la casa del cantante, donde lo esperaban más de cinco mil seguidores. Miles de flores fueron arrojadas al paso de la carroza fúnebre mientras la gente gritaba "Sandro no se va, Sandro no se va". Los restos del artista fueron enterrados junto a la tumba de sus padres.
El legado de Sandro trasciende las estadísticas: fue un artista completo, arrollador y profundamente sentido. Creó un personaje mítico, encarnó el erotismo popular sin renunciar a la dignidad, y construyó una carrera cimentada en la pasión, la entrega y la autenticidad. Desde el fervor de sus “nenas” hasta los grandes escenarios del mundo, su voz sigue viva.
Sandro fue puro fuego, un ídolo que inclinó la balada hacia la sensualidad más pura, dejando atrás una leyenda que sigue iluminando cada acorde de la canción romántica latina y que se convirtió para su legión de admiradoras en "la fantasía de la vida"