DOLOR INFINITO

El mensaje de Gustavo Yankelevich a Romina Yan y la historia del vínculo entrañable entre padre e hija

En el día que Romina Yan hubiera cumplido años, Gustavo Yankelevich compartió un mensaje profundo que conmovió a todos. La relación única, cómplice y llena de amor que los unía.

Escrito en ESPECTÁCULOS el

Cada 5 de septiembre es una fecha cargada de emociones y de dolores para Gustavo Yankelevich. Ese día, en 1974, se convirtió en padre por primera vez con la llegada de Romina Yan. Este año, como cada aniversario, le dedicó unas palabras desde el corazón pero esta vez al dolor por la partida de su hija se le sumó el dolor infinito por la muerte de Mila, su nieta.

Hoy festejamos en el día de tu nacimiento haberte disfrutado tanto en este plano, en este mundo. Hoy te seguimos festejando aunque te extrañamos, sé que estás muy bien acompañada. Las Amo”, escribió en sus redes sociales, en un mensaje breve pero profundo donde, sin nombrarla, también dejó entrever la tragedia que marcó a la familia.

El mensaje de Gustavo Yankelevich para Romina

Ese recuerdo, compartido con el amor de siempre, volvió a poner en primer plano el vínculo entrañable entre padre e hija. Un lazo cómplice y único que se forjó desde aquel 5 de septiembre de 1974, cuando Gustavo, padre primerizo, quiso entrar a la sala de parto pero no lo dejaron. Una enfermera salió y le dijo: “Esta es tu hija”. “¿Mío?”, preguntó él. “Mío no, tuya. Es una nena”. Apenas la tuvo en brazos, sintió que eran indiscutiblemente parecidos.

La infancia de Romina estuvo llena de juegos y ocurrencias compartidas. Ella adoraba a ese hombre que se disfrazaba de momia para perseguirla por la casa hasta atraparla y llenarla de cosquillas. Si Gustavo tenía que ir a trabajar, la nena se aferraba a su pantalón hasta el ascensor rogándole: “No te vayas”. Incluso le aseguraba que algún día se casaría con él. Desde su primer día de colegio hasta el último, fue su papá quien la acompañó hasta la puerta de la escuela cada mañana. No importaba si la noche anterior el todopoderoso gerente de Telefe había dormido apenas unas horas. Ese tiempo juntos era sagrado.

Cris Morena y Gustavo Yankelevich con sus hijos, Romina y Tomás

“Yo asumo mi Edipo. Amo a mi papá con locura”, confesaba Romina en 2008 en una entrevista con María Laura Santillán. Reconocía que heredó de él los ojos, pero también valores como la coherencia, el cumplir la palabra y el saber perdonar sin olvidar. En esa misma charla, Gustavo también se abría con honestidad: “Ro no tiene idea de cuánto la quiero”. Y con crudeza admitía que, en un momento difícil de anorexia que atravesó su hija, no supo cómo reaccionar: “La traté con dureza, hasta que una terapeuta me dijo sin anestesia: ‘Lo único que ella está esperando de vos es amor’. Entonces dejé de viajar por trabajo y empecé a estar más presente. Quería estar con mi hija, y así fue”.

Ambos eran de carácter fuerte y muchas veces discutían, podían pasar días sin hablarse hasta que él rompía el silencio y ella lo desarmaba con un: “No creas que me olvidé”. Y entre risas volvían a empezar. “Ahora pensamos que la vida es corta y hay que decir lo que sentimos”, aseguraba Romina, sin imaginar cuánto cobraría sentido esa frase con el paso del tiempo.

De aquella adolescente tímida que debutó en Jugate conmigo a la artista integral y querida que se ganó al público, Romina construyó una carrera sólida sin perder la frescura ni la humildad. Nunca renegó de su apellido, todo lo contrario: “¿Si trabajo porque soy la hija de Gustavo Yankelevich? Y sí, obvio. Pero me encanta hacerlo con mis viejos, me siento bárbara, sé que me voy a contener. Evidentemente algo pasa con el público”, decía con una sonrisa franca.

Su frase favorita era la misma que solía repetir su papá y que da título a una película española: "Amanece, que no es poco". “Me hace muy bien escucharla”, confesaba. Y cuando los nervios la desbordaban, Gustavo sabía cómo traerla a tierra con una pregunta simple: “Ro, ¿va la vida en esto? No. Entonces disfrutála”.

Dicen que no hay despedidas livianas, todas son difíciles de llevar, pero si además son inexplicables resultan insoportables. Ojalá esa pena insoportable se vaya transformando en una de esas melancolías que también duelen para siempre pero al menos dejan respirar.