Es Olga Giuliani en En el barro, la esteticista que llegó a la prisión en la cárcel de mujeres La Quebrada tras ser acusada de mala praxis. Si bien hoy muchos la conocen por su increíble trabajo en la serie éxito de Netflix, Erika de Sautu Riestra (59) lleva más de tres décadas trabajando como actriz tanto en cine como en teatro y televisión. Antes se había lucido como La Turca, la mujer de Luis Luque en la serie Un gallo para Esculapio, lo cual también le valió el reconocimiento de la prensa y el público.
Sin embargo, en la vida real la actriz tuvo que dejar por un tiempo de trabajar para abocarse de lleno al cuidado de su hijo Gaspar, que nació con parálisis cerebral y le daban, como mucho, cinco años de vida. Hoy, su “bebé gigante” -como lo llama ella-, tiene 28 años y es uno de los motores en la vida Erika, además de su otro hijo, Valentín, quien es fisicoculturista.
En diálogo con Pronto, de Sautu Riestra habló de todo: su carrera, el reconocimiento, cómo fue trabajar en la cárcel y su día a día como madre de un chico que necesita atención 24-7. “Si te tuviera que decir cómo fue laburar en En el Barro, te diría que a estas cosas las vivo como una bendición. Porque más allá del trabajo, que lo amo, cuando te toca semejante serie, guión, dirección, elenco, producción y plataforma, todo es maravilloso. Es un flash, una felicidad absoluta”, asegura.
-¿Cómo arrancó todo? ¿En qué estabas cuando te llegó la propuesta?
-Me llamó mi representante para decirme que tenía que hacer un auto casting, que fue lo que se instaló después de la pandemia. Es el casting que hacés en tu casa con el celular para un personaje. Lo hice, a la semana todavía no me habían llamado y le comenté a mi representante: “Mmm… me parece que no quedé”. ¡Y al otro día me llamaron! Después, Sebastián Ortega me dijo: “Yo sabía que ibas a ser vos. Por más de que hicimos casting, sabía que eras vos”. Ya había laburado con Underground en Un gallo para Esculapio y se ve que él ya me tenía fichada.
-Olga, tu personaje, tiene escenas de mucha violencia.
-Sí, pero vos sabés que una de las cosas que nos enseñó esta serie es que todo lo que pasa es real. Por ejemplo, cuando el hombre cae preso, la esposa sigue siendo esposa, lo va a visitar, le lleva a los chicos, le lleva ropita, comida. Pero según las estadísticas, en la mayoría de los casos en que las mujeres caen presas, al tiempo el hombre deja de visitarlas. El otro día me comentaba Cristina, que es una psicóloga con quien voy a ir a hablar a la cárcel a fin de este mes, a la Unidad 60 de Merlo, que en el día de visita la cola para el penal de hombres son cuatro cuadras y la cola para el penal de mujeres son diez personas. ¡Nada! Y generalmente es la madre o los hermanos, pero la pareja las deja y ellas pierden el contacto a veces con sus hijos. Obviamente que En el barro es una ficción, pero está mostrando una realidad.
-Las mujeres quedan totalmente abandonadas.
-Abandonadas, hay prostitución, hay droga, hay violencia, hay asesinatos, sí. Y esta psicóloga también me decía que, por ejemplo, el día con mayores suicidios son los previos a las fiestas en el penal de mujeres. En Año Nuevo y Navidad.
Si bien hoy Erika disfruta de un gran presente profesional, no olvida sus inicios en el mundo de la actuación. "Al principio, laburaba de moza, paseaba perros y hacía todos los laburos que me permitieran tomar clases de teatro e ir a castings. A los 24 años audicioné y quedé en mi primer laburo, en el Teatro San Martín. Era una comedia musical de Alejandro Dolina y era también un sueño trabajar en el San Martín. Ahí dije: ´Ya está, soy actriz”´, recordó.
Y continuó. "Fue una audición de un mes y pico porque se presentaron 1500 personas y quedamos 35. Había que cantar, bailar, actuar. Era tipo Fama o Flashdance. La obra se llamaba El barrio del ángel gris, que es un libro de Dolina. Quedé y después hice Peter Pan. Laburé mucho en teatro, cine y publicidades, hasta que lo tuve a Gaspar, que es mi hijo más grande, que tiene parálisis cerebral. Ahí tuve que dejar todo".
-¿Qué edad tiene hoy Gaspar?
-Hoy tiene 28. Su llegada me cambió la vida porque tuve que dedicarme a él. O sea, a un hijo que tenés que estar luchando para que viva, para que respire. Me transformé en una mamá de terapia intensiva. Tuve que dejar todo a los 30, y durante muchos años lo cuidé yo, hasta que después aprendí que podía tener enfermeras, cosa que no sabía. Empecé a entrar en el mundo de la discapacidad, a conocer la ley, a saber cuáles son tus derechos, qué cosas te corresponden y qué no. Empecé a tener enfermeras, primero de día durante siete años pero tampoco podía trabajar porque a las siete de la tarde se iban, entonces no podía ir a audicionar ni a grabar ni a nada. Así que por casi diez años dejé de laburar.
-¿Ahí estabas acompañada por tu pareja o todo sola?
-Sí, sí. Tuve otro hijo también y siempre acompañada, pero cuando volví a actuar, a los 36 años, todo había cambiado. No se iba más a los canales, todo se mandaba por mail y era todo nuevo para mí.
-¿Te enteraste cuando tu hijo nació que tenía parálisis cerebral o lo supiste antes?
-A los tres meses y medio de que nació me enteré. Fue después de los tres meses y medio porque empezó a hacer algo raro con los ojos y lo llevé a una neuróloga. Eran convulsiones. Entonces ahí cuando le hicieron el estudio de la resonancia del cerebro, salió la patología de él, que se llama lisencefalia, que quiere decir cerebro liso. Además, tiene epilepsia, entonces tiene un retraso madurativo muy severo. El neurológicamente es como un bebé de seis meses; en su cabecita es un bebé.
-¿Va a ser así toda la vida?
-Sí. Tiene 28 y me dijeron que iba a vivir cinco. Ese momento fue tremendo. No me lo dijeron así tan directamente pero me lo dieron a entender. No tenía mucha conciencia del mundo en el que estaba entrando, no sabía ni lo que quería decir la palabra discapacidad. No tenía idea y lo agradezco porque no había internet en las casas, no googleaba y eso hubiese sido peor. Son estadísticas nomás y si me hubiese guiado por las estadísticas no tendría que estar vivo. Entonces cada persona es un libro distinto.
-¿Qué aprendiste de esto? Imagino que te habrá colocado en otro lugar en la vida.
-Que el amor todo lo salva. El amor y la fe. La conclusión es esa: que si hay amor y tenés fe, tenés el 90 por ciento del terreno ganado. Mi hijo es como un bebé gigante.
-¿Lo definís así?
-Sí, porque una vez vino mi hijo más chico cuando estaba en la primaria con compañeritos del colegio, fueron a verlo a Gaspar al cuarto y una nena me preguntó: “¿Es un bebé gigante?”. Fue un comentario hermoso e inocente. Me encantó, porque ella se dio cuenta de que la actitud de Gaspar era de bebé. Pero era enorme porque él físicamente crece. No sé cuánto mide, debe medir uno cincuenta y pico, lo que pasa es que está siempre en la silla o acostado. Pero fijate cómo ella percibió que él era como un bebé.
-¿En el día a día podés hacer una vida, entre comillas, normal o tenés que estar muy abocada a él?
-Gracias a Dios tiene internación domiciliaria y tengo una prepaga que cubre todo, entonces tiene enfermería 24 horas, kinesiólogo respiratorio. Tengo como un sanatorio en mi casa. Eso a mí me permitió poder empezar a laburar de nuevo, porque si tengo que grabar hasta las cuatro o cinco de la mañana, puedo. Sé que están las enfermeras, que hay gente capacitada y que hace muchos años que están, entonces ya lo conocen. La urgencia puede estar siempre, obvio, pero me permitió a mí tener una vida lo más normal posible. Hace 28 años que no apago el teléfono y eso no va a cambiar. Viajo cuando puedo y voy viendo cómo acomodar las cosas.
-Tu otro hijo, Valentín, ¿cuánto tiempo después llegó?
-Cuatro años después de Gaspar. Valentín tiene 24 años y es de otro papá. Los dos padres están presentes. Valentín jugaba al rugby, después de la pandemia lo dejó, empezó a entrenar y hoy por hoy compite en fisicoculturismo. Es muy raro y la primera vez que lo fuimos a ver con Eduardo, que es mi marido, a un campeonato de fisicoculturismo, encontramos un mundo rarísimo. Los que están esperando están todos comiendo con sus tupper y es un mundo extraño pero lo acompaño porque él ama eso.
-¿De dónde lo sacó?
-Ya cuando empezó rugby a él le gustaba entrenar en el gimnasio. A muchos compañeros por ahí les daba fiaca y el entrenador les decía: “Chicos, tienen que entrenar porque es un deporte de contacto y tienen que tener musculatura”. A Valentín no había que decirle nada: él se copaba. Ama entrenar.
-¿Valentín sigue tu carrera y mira tus series?
-Sí. A Un gallo para Esculapio no la miró porque tenía 17 años, se enojó y no quería verla. Le pareció fuerte y no quería ver a su vieja en bolas. Está muy bien, lo entiendo. Estaba enojado con la vida porque tenía 17 años, iba al club a jugar rugby y sabía que todos los compañeros habían visto la serie. Así que estaba muy enojado. No le gustó nada. Ahora sí, ahora las mira y En el barro le encantó.
La entrevista completa con Erika de Sautu Riestra está en la edición digital de abril de revista Pronto, se puede descargar y leer de manera gratuita haciendo click en este link