INTERÉS GENERAL

Los adolescentes, la hiperconectividad y la desmotivación

Una dificultad común que hoy por hoy enfrentan casi todas las familias enfrentan pero pocos saben cómo abordar.

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Ellos lo saben. Se dan cuenta que le roban horas al descanso nocturno para seguir conectados a sus dispositivos móviles. Dicen claramente que lo primero que hacen al despertar es mirar el celular.

Describen sus conductas conscientes de lo que les sucede, simplemente no pueden dejar de hacerlo. No saben cómo manejarlo.
Lo necesitan. Sienten la necesidad de estar constantemente online, en contacto con lo que sucede en las redes y en las aplicaciones. Algo puede suceder y no ser parte de eso por no estar online. Saber quiénes reaccionaron a sus historias, quienes vieron sus estados de Whatsapp y hacer un check de todas las aplicaciones y redes de manera constante, es el modo de control sobre ese mundo de pares al que necesitan pertenecer y en el que necesitar ser respetados y valorados.

Las redes son ese mundo paralelo que los adolescentes habitan las 24 hs y del cual no pueden salir, aún cuando pueden darse cuenta de las consecuencias y el impacto que esto tiene sobre otras áreas de sus vidas. En las consultas suelen decir: “No me puedo concentrar para estudiar porque estoy viendo el celular a cada rato. No sé cómo dejar de hacerlo”. “Podría dejarlo en otro lugar de la casa para no verlo y lo intenté pero lo voy a buscar, es más fuerte que yo. Siento que me estoy perdiendo de algo”.
“Ya casi ni comparto tiempo con mi familia aunque esté en mi casa, siempre estoy conectado. Mis papás se enojan y tienen razón pero no puedo parar”. “No le dejamos usar el celular durante el tiempo que tiene que estudiar o como consecuencia de algo con lo que no cumplió y se irrita, grita, golpea puertas, se desborda al extremo de la violencia”. “Me vuelvo loco si me sacan el teléfono, siento que voy a explotar de la bronca”. "Si no estoy chequeando IG o hablando en los grupos de Whatsapp con mis amigas siento que me quedo afuera de  todo”. 

Los adolescentes reconocen la dependencia, la necesidad de estar online y la desmotivación que sienten por cualquier otro plan que no sea estar con sus teléfonos. Quieren encontrar un límite interno pero no saben cómo y lo expresan con contundencia “es más fuerte que yo”.

Al límite de la adicción algunos y otros tratando de regular sus impulsos con más fracasos que éxitos en sus intentos, no  encuentran el modo de salirse por unas horas de ese mundo virtual. Los padres preocupados, consultan sobre la manera de ayudarlos pero sin que establecer un límite implique un conflicto con sus hijos. Los hijos quieren ayuda  pero sin que implique límites. Pareciera que no hay salida, sin embargo la hay, en la medida en que los padres comprendan que los conflictos son algo propio de toda relación viva y que el desafío es saber gestionarlos y no solo evitarlos.

El conflicto aparece cuando hay intereses opuestos, opiniones diferentes y cuando una figura de autoridad establece una limitación a los deseos del otro. Evitar el conflicto no estableciendo límites solo agrava la situación porque los límites existen y si no se aprende a respetarlos en el ámbito familiar, será en el futuro la ley quien funcione como límite externo. El adolescente necesita los límites y los padres entre sus funciones tienen la de poder establecerlos con amorosidad y firmeza aún cuando los hijos se enojen, se frustren, se irriten y manifiesten su malestar. Ellos necesitan y piden ese límite que les molesta, los incomoda y los afirma cuando es establecido oportuna y adecuadamente.

Nomofobia es el rótulo que empieza a resonar entre los padres de adolescentes para referirse a esa problemática. La nomofobia consiste en una ansiedad o miedo muy intenso y de índole irracional, que una persona siente si tiene que permanecer sin su teléfono por falta de batería, conexión, datos o por haberlo dejado olvidado. Hay indicadores propios de esta conducta adictiva que son observables; como chequear constantemente el teléfono para ver si recibió mensajes, última hora se conexión de alguien o si está en línea tal o cuál, ver si pasa algo en IG o en Twitter, de noche al acostarse pasa horas navegando por las redes viendo todo pero nada específico aun privándose de horas de sueño, lo primero que verifica antes de ir de viaje es que en el lugar haya conectividad, su teléfono está encendido 24 horas y se mantiene conectado a tiempo completo.

Hay una dependencia, una adicción inmanejable que implica incluso baja del rendimiento escolar, académico, laboral y deterioro de los vínculos interpersonales con familia, hijos, pareja y amigos. La falta de contacto con el teléfono produce angustia, ideas  obsesivas, miedo, sentir que algo puede estar pasando de lo que se está perdiendo. Eso lleva a niveles muy elevados y
constantes de ansiedad que pueden derivar en oro tipo de problemáticas que requieran de ayuda profesional, sobre todo en los adolescentes. La utilización de los teléfonos se ha vuelto una compañía, un modo de estar todo el tiempo conectado con otros y desconectado de uno mismo. Sin un equilibrio entre el contacto con el mundo exterior y el mundo interior, los estados de ansiedad y angustia ante la abstinencia de la "sustancia" (teléfono) irán en aumento hasta derivar posiblemente en una problemática que requiera tratamiento psicoterapéutico.

Por esto, es importante actuar cuando empiezan a surgir los primeros indicadores y establecer a los hijos “tiempos libres de dispositivos”, cuando estudian, cuando se comparten comidas familiares, cuando llega el horario de dormir por las noches. Los dispositivos móviles no pueden estar presentes en esos momentos en esos espacios (ni en la mesa, ni en el escritorio, ni el
cuarto). Si bien las primeras reacciones van a ser de desagrado, cuando los padres sostienen el límite y hacen que la regla sea respetada, los hijos comienzan a descubrir otras posibilidades de disfrute compartido sin estar online. Empiezan a darse cuenta que recuperan la capacidad de concentración (centrar la atención) en sus actividades académicas, dejan de sentir esa
inquietud constante por saber qué estará pasando en las redes, ya no sienten la ansiedad de verificar todo el tiempo si sus posteos recibieron validaciones a través de los likes recibidos y los estados de ansiedad empiezan a dar lugar a lapsos de serenidad y desconexión del mundo virtual.

La motivación deja de estar sujeta solo a la repercusión que reciben en las redes y en el aumento de sus seguidores,  comenzando a forjarse nuevos intereses y motivaciones. Experimentan la sensación de menor presión social y toman contacto con la realidad del mundo fuera de las redes, que son solo un espacio posible de compartir pero no el único. No dejan de ser, de existir ni de tener una vida por no estar hiperconectados. Descansan mejor, mejoran su rendimiento académico, su autovaloración se construye con logros y vínculos afectivos, vuelven a recuperar el control de sí mismos sin sentirse sujetos a “algo” que los
controla. Los límites son necesarios y el conflicto también para que una relación pueda crecer y desarrollarse.

El amor, la ternura y la firmeza con que sean establecidos es la clave de una autoridad parental democrática. Los adolescentes piden ayuda y sin el compromiso activo de sus padres en el ejercicio de sus funciones, es imposible brindársela. La tarea es en equipo, profesionales y padres, coordinando esfuerzos para brindarles esa ayuda que necesitan para que la conectividad y la tecnología no tome el control de sus vidas. 

Lic. Analia Forti
Licenciada en Ciencias para la Familia, Consultora Psicológica, Especialista en Crianza
y Salud, Mediadora Familiar, Escritora y Conferencista.
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