Carolina "Pampita" Ardohain fue clara: “Yo soy disléxica… leo todo al revés y escribo todo al revés. Si vos me dictás algo lo escribo distinto, y si me aprendo algo en un orden, digo la última parte primero”. Mariano Martínez fue igual de honesto: “Me gusta mucho leer… y así y todo tengo errores de ortografía porque tengo dislexia declarada. No es un tema, pero sí una dificultad para ciertas cosas. Tengo unos errores tremendos todavía”. El que tampoco esquivó la sinceridad fue Benito Fernández: “Soy disléxico, no me puedo aprender toda la letra de memoria. No leo hace treinta años, tengo un problema de dislexia muy grande”. Los tres pusieron en palabras un trastorno que se estima que padece el 10% y el 12% de los argentinos padece dislexia, lo que representa entre 1 de cada 10 y 1 de cada 8 personas, según la Asociación de Dislexia y Familia en Argentina (DISFAM).
Pero, ¿qué es la dislexia? Se trata de una dificultad persistente para leer y escribir correctamente: quienes la padecen suelen tener problemas con la decodificación de palabras, la fluidez lectora, la ortografía y la comprensión de lo escrito. No está vinculada con la inteligencia: hay chos y adultos con dislexia que tienen un nivel intelectual normal o incluso superior.
Los signos tempranos suelen manifestarse antes de la escuela. Se observa un retraso en el lenguaje, dificultad para reproducir rimas, identificar letras o sonidos, problemas en la motricidad fina o confusión entre palabras similares. En la etapa escolar, puede manifestarse como lecturas lentas, omisiones o inversiones de letras, disortografía persistente, poca comprensión de lo leído, memoria débil o dificultad con tareas que requieren lectura.
La detección adecuada se realiza mediante una evaluación psicopedagógica especializada, que permite descartar otras causas (como problemas visuales o falta de enseñanza) y confirmar si se trata de una dificultad específica del aprendizaje.
El abordaje debe ser temprano e intensivo, con un equipo interdisciplinario integrado por psicopedagogos, neuropediatras, psicólogos, logopedas, terapeutas ocupacionales y docentes capacitados. Entre los métodos más efectivos se destaca el Orton-Gillingham, que es multisensorial, estructurado y combina fonología, ortografía, morfología y sintaxis. También existen herramientas digitales como apps educativas y softwares que adaptan la lectura, usan superposición de color, dictado por voz o lectores de texto, para facilitar el aprendizaje.
En casa, apenas los padres observan señales de alerta deben intentar consultar con especialistas y exigir adaptaciones en la escuela, como más tiempo para responder, menos ejercicios, permitir respuestas orales o personalizar la enseñanza sin modificar el contenido esencial. En Argentina, la Ley 27.306 (sancionada en 2016) garantiza la detección, el diagnóstico, el tratamiento y las adaptaciones metodológicas necesarias para que los estudiantes con dislexia puedan avanzar sin quedar excluidos.
Según esta normativa los establecimientos educativos deben garantizar el derecho a la educación a las personas con dificultades de aprendizaje. ¿Cómo?
- Dar prioridad a la oralidad.
- Dar más tiempo para realizar las tareas y evaluaciones.
- Evitar exposiciones innecesarias de la persona con DEA frente a sus compañeros.
- Facilitar el uso de computadoras, calculadoras y tablets.
- Evitar copiados o dictados extensos.
- Ajustar los procesos de evaluación a cada persona.
- Tratar a la persona en forma integral e interdisciplinaria.
- Establecer procedimientos de detección temprana y diagnóstico.
Actuar a tiempo es esencial: cuando no se acompaña, la dislexia puede generar frustración, fracaso escolar, baja autoestima, ansiedad e incluso síntomas físicos vinculados al estrés. Pero si se detecta y se trata adecuadamente, no solo se evita el sufrimiento: también se potencian fortalezas como el pensamiento creativo, la visión espacial y la percepción.